Filosofía en el Cine.

Actualizado: mar 20


(010221)


El deseo de servirse del cine como excusa para analizar ideas, temas, problemas o intuiciones filosóficas, no constituye ninguna novedad. Es un recurso muy extendido en la enseñanza de la filosofía, pues, aparte de ameno, es capaz de mover resortes emocionales sin los cuales el concepto se queda, casi siempre, en una pura abstracción sin sentido. Es, de alguna manera, la excelente posibilidad de vincular el pensamiento con la vida y la vida con el pensamiento, dos ámbitos indispensables para poder asimilar en profundidad las verdades filosóficas. Filosofía vs. Vida: esa fue la profunda y angustiante oposición que viví durante mi período de formación intelectual. Hoy entiendo, por el contrario, que se unen y necesitan más que nunca. Sin ese complemento ni la filosofía será auténtica filosofía ni la vida será auténtica vida.

La UNESCO elaboró un documento importantísimo sobre la enseñanza de la filosofía[1], en el cual desarrolla pormenorizadamente las diversas formas de enseñar la filosofía que requiere el mundo de hoy. En el apartado referido a la proyección de películas en el aula, se nos dice:

Una de las dificultades principales de la actividad filosófica es sensibilizar al gran público, puesto que la filosofía sigue teniendo una imagen bastante elitista. Un modo simple de invitar de manera natural a todos a filosofar o de motivar a los participantes para que entablen un debate filosófico consiste en organizar un debate tras la proyección de una película o la representación de una obra de teatro. (92).

Por ello, nosotros comenzaremos a construir un pensamiento filosófico al hilo de la trama de películas que consideramos filosóficamente significativas. No se tratará de hacer crítica de cine bajo ningún respecto. Procuraremos, más bien, aprovecharnos del cine para reafirmar, a través de las películas, experiencias filosóficas fundamentales.

En algunos casos será una lección de ética, en otras, un camino hacia el humanismo, en fin, todo cuanto ayude a la formación del ser personal y al buen vivir. Sumando estas experiencias iremos dando forma (al menos es lo que esperamos) a un pensamiento dialógico, humanista, intercultural, tan necesario en nuestros tiempos. Será como invitarles a participar de una reflexión en torno a escenas significativas de películas igualmente significativas. Por lo mismo, la exposición de mis ideas sirve al único propósito de crear una inquietud en el lector, que permita iniciar un diálogo sobre lo que de verdad interesa: la experiencias filosóficas y existenciales fundamentales. Aprender a ver una película en perspectiva filosófica implica, por otro lado, poseer un método de aproximación, un camino que nos lleve a lo medular de la obra. Ese método está por definirse o, mejor dicho, se irá definiendo en el camino mismo. Muchos autores también han hecho estos caminos metodológicos, por lo cual cada vez que sea necesario les traeremos a presencia, para compartir sus conocimientos.

Finalmente, decirles que esta experiencia constituye todo un desafío, en cuanto procuraremos proceder con el análisis al mismo tiempo que iremos forjando conceptos hermenéuticos fundamentales los cuales entregarán nuevas claves de interpretación y comprensión de las obras analizadas. Esperando que esta breve introducción les haya interesado e inquietado, que comience la función.

[1]UNESCO: La filosofía. Una Escuela de la Libertad. Enseñanza de la filosofía y aprendizaje del filosofar: la situación actual y las perspectivas para el futuro. Edición en español: 2011.


(080221)

Walter Vale (The visitor, 2008) es una persona aplastada por la vida. Tal vez la muerte de su esposa haya influido en su situación actual, pero lo cierto es que Walter Vale ha renunciado a casi todo. Se nos aparece atormentado por una vida rutinaria que no conduce a ninguna parte. Le queda el amor por la música, pero, aun así, no se siente capaz de seguir adelante sus lecciones de piano, por falta de entusiasmo. El desánimo, la rutina, el vacío existencial son los grandes protagonistas de su vida.

Sin embargo, todo está a punto de cambiar. Debe acudir a un congreso en New York. No tiene ganas de hacer el viaje, pero no le queda más remedio. Sus autoridades se lo exigen.

El viaje a New York se realiza sin problemas, pero al llegar a su departamento descubre que lo están habitando dos inmigrantes que no conoce de nada. Tras el susto inicial y el malentendido a que dio lugar, comienza lentamente a producirse una relación. Un encuentro.

Él se llama Tarek y es un músico sirio-palestino. Ella se llama Zainab y es senegalesa. Ambos son parejas, pero también son ilegales, por lo que para evitar conflictos con la policía prefieren hacer abandono del departamento. Si todo hubiese quedado ahí la vida de Walter habría seguido su monotonía crónica y probablemente nunca hubiera habido salvación para él. Pero he aquí que Walter, compadeciéndose de ambos jóvenes les invita a quedarse en su departamento por el tiempo que estimen conveniente. Eso inicia una nueva vida para Walter, un nuevo comienzo, una nueva esperanza. No hay encuentro sin hospitalidad. Esta idea es esencial.

La filosofía contemporánea nos dice que esta experiencia de encuentro es fundamental en la vida de todas las personas. Autores como Martin Buber, Pedro Laín Entralgo, Alfonso López Quintás, entre otros, la tratan en forma permanente en sus obras.

Es una experiencia en la que el ser humano se abre al diálogo con su entorno, llámese persona, obra de arte, cultura, paisaje, etc. Esa apertura es lo fundamental. La profesora de piano le dice a Walter si se ha rendido dado que no desea continuar con las lecciones y él le dice que no. Walter estaba todavía abierto a la presencia de lo nuevo en su vida y en cuanto tuvo la oportunidad, la aprovechó. Si nos cerramos al mundo, estamos condenados a vivir una vida sin sentido. El encuentro de Vale con Tarek no sólo los convierte en amigos, sino también reconcilia a Vale con la música, con el ritmo del djembe.

El congreso, en donde Vale debe hacer una pequeña exposición, se nos aparece como una experiencia interesante tal vez, pero aburridísima. La vida, propiamente tal, estaba en el parque donde, junto a Tarek y los demás músicos, reproduce los ritmos africanos tan llenos de alegría y vitalidad.

Luego viene la parte triste de la historia. Tarek es detenido y deportado a su país de origen. Walter hace todo cuanto está en sus posibilidades por retenerlo en Estados Unidos. Pero todo es inútil. Sólo le queda el djembe. La película termina cuando se le ve en el Metro tocando solo su djembe que era lo que Tarek, según le confió, había soñado hacer. Es la imagen del afiche de la película. Pero Walter Vale jamás será el mismo. Su vida se ha llenado nuevamente de sentido y de esperanza.

Para nosotros esta idea del encuentro (la cual trataremos en próximas entregas de esta serie) es fundamental, porque es la única forma que tenemos de abrirnos al sentido de la realidad e incluso al sentido de nuestra propia realidad. Walter fue valiente, se ha arriesgado, pero a cambio ha descubierto una verdad inmensa, que engloba tanto a sus nuevos amigos, la música y su misma vida. Ya sabe quién es. Y, todavía algo más. Por un instante, breve pero intenso, Walter logró sentir una forma infinita del amor: un sentimiento profundo por Mouna, la madre de Tarek. Y a pesar de que ella prefiere acompañar a su hijo deportado de vuelta a su país, el sentimiento vivido tan intensamente por nuestro amigo, le reconciliará con el mundo para siempre.


(150221)

Como decíamos, la experiencia de encuentro es uno de los pilares fundamentales del personalismo filosófico contemporáneo. Y no hay película que haya tratado este tema de forma más concisa y breve que El principito (1974), aunque el libro de Antoine de Sant-Exupéry, en las que se basan esta y otras versiones cinematográficas, resulta mucho más aleccionador. Creo que para todos quienes leímos el libro y/o vimos la(s) película(s), la relación entre el principito y el zorro constituye el centro neurálgico de la obra. Allí se plasman las ideas filosóficas más profundas, sobre las que haremos una serie de comentarios breves. Es que allí es en donde se manifiesta de forma inigualable lo que entendemos por amistad y por encuentro.[1] No hay amistad sin encuentro, no hay amor sin encuentro, no hay creatividad sin encuentro. Se trata de una experiencia capital.

Recordemos ese encuentro entre el principito y el zorro:

“Entonces apareció el zorro.

-Buenos días -dijo el zorro.

-Buenos días -respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta, pero no vio nada.

-Estoy acá -dijo la voz- bajo el manzano…

- ¿Quién eres? -dijo el principito-. Eres muy lindo…

Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-. ¡Estoy tan triste! …

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.

-¡Ah! Perdón -dijo el principito.

Pero después de reflexionar, agregó:

- ¿Qué significa ‘domesticar’?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?

-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa ‘domesticar’?

-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro-. Significa ‘crear lazos’.

- ¿Crear lazos?

-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo… “.[2]

¿Recuerdan a Walter Vale y Tarek del capítulo anterior? Bueno, sin duda para Vale, en un principio, Tarek era uno más de entre los miles de inmigrantes que buscaban arraigar en tierras americanas. Lo mismo podríamos decir de Zainab y Mouna. Pero la palabra ‘inmigrantes’, dicha así en general, no hace justicia a las personas particulares. La palabra ‘inmigrante’ es tan solo un concepto. Por lo que una cosa es ver a Tarek, Zainab y Mouna como inmigrantes sin más (sobre los cuales podrían recaer una serie de prejuicios negativos) y otra cosa es abrirse al misterio que habita en cada uno de ellos. Ese estado de apertura es fundamental. Es gracias a él que puede Walter conocer ‘de cerca’ el ser de esas personas, del mismo modo que puede descubrir su propio ser en la relación misma. Tal vez nunca imaginó Walter que terminaría luchando con tanta energía para liberar a Tarek, su amigo, quien estaba a punto de ser deportado (no olvidemos el contexto de la caída de las torres gemelas y su impacto en las políticas de inmigración de los Estados Unidos hasta nuestros días). Es decir, su relación con ese grupo de personas abrió una dimensión nueva de sentido para su vida.

Para terminar, sólo dejaré enunciada la siguiente cita de A. López Quintás, cuando procura definir la relación de encuentro, con el fin de propiciar la reflexión personal de cada cual.

“El hombre sólo conoce en verdad las realidades que poseen cierta capacidad de hacer juego con él. En el campo de juego que se funda entre el hombre y las realidades que no son meros objetos se ilumina el ser de ambos. Si el objeto de conocimiento permanece a distancia del sujeto, y éste se limita a contemplarlo desde fuera, sin comprometerse con él, no surge la ‘luz’ del encuentro. El objeto sigue siendo distinto y distante. El conocimiento auténtico se alumbra cuando, al hilo del juego comprometido o trato creador de ámbitos de convivencia, lo distinto, sin dejar de serlo, deja de ser distante para tornarse íntimo. Esta transformación marca el umbral de toda auténtica actividad cognoscitiva, ética y estética. El objeto, al convertirse en algo íntimo al sujeto cognoscente, se integra con éste y se le patentiza de forma singular. Esta patencia o des-cubrimiento (aletheia) constituye el acontecimiento nuclear, fontanal, de la verdad”.[3]


Volveremos sobre estas ideas en entregas posteriores.


[1] Desde ya les invito a ver los videos del Dr. Alfonso López Quintás sobre este tema en Youtube. Sus análisis en torno a la obra de El principito, resultan ser extraordinariamente didácticos. [2] De Saint-Exupéry, A.: El principito. Alianza Emecé, Madrid, 1976, pp. 80-82. [3] López Quintás. A.: “Zubiri y la crisis del hombre occidental” en Zubiri: pensamiento y Ciencia, Edit. Fundación Marcelino Botín, Santander, 1983, ps. 74-75.


(220221)

Abla (Adam, 2020) y Walter Vale (nuestro amigo de The visitor) tienen algo en común. Sin querer se han tropezado con un ángel que ha transformado sus vidas. De la soledad, el sufrimiento, el sinsentido de una vida, experimentan, gracias a un encuentro fortuito, un renacer de su existencia, un nuevo sentido, una nueva alegría, una nueva esperanza.

Para Abla, la visita inesperada se llama Samia, una chica embarazada en busca de trabajo y un lecho donde dormir (al menos por el tiempo que dure su embarazo). Abla se niega a recibirla, cree que no la necesita, pero la observa por la ventana como Samia intenta dormir en la calle enfrente de su casa. La misma experiencia de Walter. Hay un ‘otro’ en la vereda del frente, que clama por ayuda, por nuestra ayuda. Abla no puede conciliar el sueño sabiendo que Samia se encuentra en ese estado tan delicado y, más encima, a la intemperie. La moral de Abla y Walter es la misma, es de esas que no dejan dormir. Más temprano que tarde se ven forzados a cruzar la calle para recibir al prójimo en su hogar. Este resulta, en ambas películas, ser un gesto esencial. Walter lo hace en el mismo instante, aprovechando una fotografía olvidada. Abla se demora un poquito más. Sin embargo, lo que ninguno de los dos sabe es que esa presencia cambiará sus vidas para siempre.

El dolor de Abla por la pérdida de su marido, parecido al dolor de Walter por la pérdida de su esposa, ha encauzado su vida por la senda del silencio, la retracción social, el trabajo y el cuidado de su hija, una pequeña niña llamada Warda. Una vida atenida exclusivamente a una rutina esclavizante y cuyo único sentido consiste en brindarle todas las atenciones de madre para su única hija.

Pero Salma la ayudará de nuevo a sonreír, a reconocerse como persona en un mundo que tiende a la despersonalización, a la deshumanización. Ambas, como mujeres en medio de una sociedad machista (estamos en Marruecos), tienen mucho en común. Mucho por qué luchar también.

Así como Walter lucha por salvar a Tarek, heredando de éste ese instrumento maravilloso que es el djembe, así también Abla heredará de Salma su alegría, su sabiduría de la vida, su esperanza en el futuro. Un nuevo amor que parecía olvidado comenzará a tomar cuerpo en su hogar. Al final, ocurre lo mismo en ambas películas. La visita se va. Pero, en ambos casos, ha dejado un proyecto de vida distinto. A Walter le ha quedado la música y los amigos del parque. A Abla le habrá quedado un nuevo amor por su hija y por la vida. Es la magia del encuentro.

Ahora tal vez se entienda mejor la cita final de la entrega anterior. Esa famosa frase de A. López Quintás cobra, en estos contextos, todo su sentido.

Podríamos hacer el esfuerzo de efectuar un breve análisis, en el contexto de Adam.

--El hombre sólo conoce en verdad las realidades que poseen cierta capacidad de hacer juego con él.

Todo encuentro sólo es posible entre realidades “personales”, “profundas”, que ostenten cierta capacidad de dialogar.

--En el campo de juego que se funda entre el hombre y las realidades que no son meros objetos se ilumina el ser de ambos.

Es en la relación en donde brota la propia identidad, el ser de ambos. Es en la relación con Salma en donde Abla se re-descubre a sí misma, y lo mismo acontece con Salma.

--Si el objeto de conocimiento permanece a distancia del sujeto, y éste se limita a contemplarlo desde fuera, sin comprometerse con él, no surge la ‘luz’ del encuentro.

Si Abla y Walter se hubieran mantenido en sus casas y no hubiesen cruzado la calle, nada habría acontecido. El acontecimiento se produce en el encuentro. En la lucha que ambos experimentan por liberar al otro se logran re-conocer a sí mismos.

--El objeto sigue siendo distinto y distante. El conocimiento auténtico se alumbra cuando, al hilo del juego comprometido o trato creador de ámbitos de convivencia, lo distinto, sin dejar de serlo, deja de ser distante para tornarse íntimo.

Es la amistad que brota del encuentro, amistad que vuelve íntimo lo distinto, lo distante y lo extraño.

--Esta transformación marca el umbral de toda auténtica actividad cognoscitiva, ética y estética. El objeto, al convertirse en algo íntimo al sujeto cognoscente, se integra con éste y se le patentiza de forma singular. Esta patencia o des-cubrimiento (aletheia) constituye el acontecimiento nuclear, fontanal, de la verdad.

Es la forma en que se decía la ‘verdad’ en la Grecia Antigua: aletheia: un hacerse presente, desde sí mismo, en la luz de la experiencia de encuentro, el ser de cada cual.

Y esa verdad, tiene que ver con la ‘verdad’ de los personajes: Abla descubre un nuevo sentido de vida, Salma descubre que tal vez lleve adelante su maternidad, siguiendo el ejemplo de la maternidad de la propia Abla. El ser admite la posibilidad de cambiar. Esa puede ser la gran lección que dejan estas películas. El encuentro abre la posibilidad de abrirse a nuevas posibilidades de ser. Volveremos sobre esto.


(010321)


Una experiencia de encuentro como quizás no veamos en otra película es la que nos brinda esta hermosa obra de arte de David Lynch, llena de belleza y filosofía, El hombre elefante (1980). Aquí nos encontramos con John Merrick, una persona cuyo ser resulta casi invisible para quienes le rodean. Sin embargo, para comprender esta película, necesitaríamos de la sabiduría que nos proporciona El Principito, a saber: que “sólo con el corazón se ve”, dado que lo esencial “es invisible para los ojos”. Decidir ver con el corazón o con los ojos es una decisión de nuestra libertad. Podemos quedarnos con los “hechos” sin más, para hacer uso de ellos más tarde. Pero también podemos abrirnos a una ‘experiencia’ de ‘ser’. Lo que falta en nuestro tiempo precisamente es esa apertura el sentido del ser. Es una experiencia filosófica, pero que todos estamos en condiciones de realizar. A esa mirada que sólo se queda en el objeto, en la etiqueta, la llamamos ‘objetivismo’. El objetivista se queda, así, en la contemplación exterior, en lo que se aparece a la mirada, en el cliché, en lo ‘objetivo’. Pero otra cosa muy distinta es abrirse al ‘misterio’ que habita en cada ser personal. Esto último es más difícil, porque, por lo general, nos deslizamos por la superficie de las cosas, sin reparar en su ‘interioridad’. Supone un verdadero esfuerzo esto de mirar en profundidad. Sin embargo, lo ‘humano’ sólo se manifiesta en este nivel profundo de percepción. Veamos la película.

En el principio vemos a Merrick convertido en la sensación de un circo, precisamente por su deformidad. Los circos, sobre todo en el siglo XIX, amparaban todo lo insólito que depara la naturaleza humana. Todos cuantos están reunidos en torno Merrick están entusiasmados por el ‘espectáculo’, pero nadie se fija en el ser humano que hay detrás de esa ‘monstruosa’ figura. Frederick Treves está entre los asistentes. Es un médico del Royan London Hospital y se encuentra allí precisamente atraído por esas presencias extrañas. También Treves está interesado en esa presencia deforme y decide llevarlo al hospital para hacerle algunos estudios. Para este Treves, Merrick es un caso médico, pero la figura triste de este pobre hombre le hace derramar un par de lágrimas. Treves es un científico, pero también es empático. Busca aliviar el sufrimiento de Merrick. La reunión con los médicos del hospital no es algo muy distinto al espectáculo circense. Todos se ven atraídos por el caso, pero de allí no pasan. Por eso, tampoco experimentan sentimientos humanos. Lo que nos hace humanos es la compasión, y aquí, para todos, Merrick no es más que un objeto con ciertas peculiaridades fisiológicas. No alcanza a ser una persona todavía. Para uno, es un caso circense. Para los médicos es un caso científico. Merrick, propiamente tal, no está en ninguna parte todavía. Treves se propone alojarlo en el hospital para evitarle sus sufrimientos. Hay resistencias por tratarse de un caso incurable y por ser, según algún colega médico, una “abominación de la naturaleza”. En otro parlamento insiste este caballero: “A la luz de estos hechos, nuestro camino es claro: La pregunta no es si aceptar a esta creatura como paciente, sino ¿Cuándo serán esos cuartos desocupados para usarlos en casos que se lo merezcan? Propongo que este hombre elefante sea sacado del lugar de inmediato. Tenemos un deber sagrado de curar al enfermo. ¡No de cuidar animales de circo!”. Pero, a pesar de esos dichos y por mediación de la reina de Inglaterra, finalmente, la institución aloja en forma indefinida a Merrick en el sanatorio.

El primer reconocimiento de su condición ‘humana’ brota cuando Merrick, ante Treves y el Dr. Carr Gomm, director de la institución, recita el salmo 23 de la Biblia. De ahí en adelante, comienza a producirse una relación distinta, más humana, de Merrick con Trevis y el director. Comienza a producirse un ‘encuentro’ significativo. Treves le lleva a tomar el té a su casa y aprovecha de presentarlo a la familia, lo cual es un gesto de amistad que Merrick reconoce en todo lo que vale. Por primera vez alguien le trataba como persona. Merrick aprovecha, un momento para enseñarle una foto de su madre, y dice las siguientes palabras: “Yo debí haber sido una gran decepción para ella”, y a continuación: “Si solo pudiera encontrarla… si ella pudiera verme con amigos tan cariñosos, queridos amigos, quizá ella podría amarme tal como soy. He tratado tanto ser bueno”.

Luego Merrick llama la atención de una actriz muy famosa, Madge Kendar, quien, por pura curiosidad, le hace una visita. Es impresionante como ella, por su condición de artista tal vez, sabe verlo en su ser sin mediación alguna.

- ¡Oh, señor Merrick! ¡Usted no es un hombre elefante para nada!

- ¿No?

- No. Usted es Romeo.

Y ese piropo le arranca una lágrima de emoción y agradecimiento a Merrick.

Todavía tendrá que pasar nuestro protagonista por una serie de hechos deleznables, entre los cuales destaca uno, motivado por su antiguo y cruel ‘patrocinador’, Bytes, quien termina raptándolo para continuar con el negocio del espectáculo circense. Son sus ‘colegas’ del circo, todos ellos con deformidades (enanos, gigantes, mujer barbuda, etc.), quienes se apiadan de Merrick y lo ayudan a escapar. Durante el viaje, Merrick deberá enfrentar otra serie de inconvenientes. En una oportunidad en que se ve amenazado por una muchedumbre enfadada, no le queda más remedio que exclamar a voz en cuello: “¡No! ¡Yo no soy un elefante! ¡Yo no soy un animal! ¡Yo soy un ser humano! ¡Yo soy un hombre”.

David Lynch se inspiró en una historia real lo cual nos afecta todavía más. Pero no debemos extrañarnos. Si miramos la sociedad actual, vemos como casi siempre solemos despojar a nuestros prójimos de su condición de ‘humanidad’ ya sea por su extranjería, su orientación sexual, política, religiosa, etc. Basta que sea un poco extraño para ser marginado. El camino hacia la amistad y el amor lleva un sentido distinto: el que adoptó Treves en esta película.


(080321)

Todos alguna vez fuimos encantados por la magia del cine. Tanto en mi infancia como en mi adolescencia (puedo decir que hasta hoy mismo) la experiencia del cine ha sido absolutamente esencial en mi vida. De allí saqué todos los motivos que fueron dando sentido a mi existencia. Por supuesto que también hubo libros y buenas amistades, pero al cine le debo mucho de lo que soy actualmente. Recuerdo haber pasado tardes enteras disfrutando las películas en los dos viejos cines de mi ciudad, de los cuales, lamentablemente, ya no queda ninguno. Uno de ellos, el famoso Teatro Nacional, con el tiempo se convirtió en un estacionamiento, tal como le ocurrió al Cinema Paradiso de la película. El otro, el Cine Centenario, también dejó paso a la ‘modernidad’ y hasta el día de hoy no sabe qué ser. Allí está, cerrado, esperando un nuevo arrendatario. Como cine, desapareció hace muchos años.

El cine fue un lugar de encuentro fundamental. Como en la película, allí surgieron los primeros amores, las primeras amistades, las primeras experiencias de la vida, al hilo de las tramas cinematográficas. Allí vimos los primeros besos y tuvimos los primeros encuentros amorosos. Pero, el primer encuentro fue con el cine mismo, con la atmósfera jovial que lo envolvía, incluso cuando la cinta se cortaba o se quemaba, cosa que ocurría con alguna frecuencia, llenando la sala de pifias y salidas divertidas, igual que en la película. En aquella época de mi adolescencia, se llegaban a exhibir hasta seis películas distintas en un día. A veces eran tres películas en ‘rotativa’. Y los domingos, el trámite comenzaba temprano con la ‘matinal’, pasando, por la tarde, a la ‘matiné’, luego la ‘vermouth’ al atardecer, y finalmente, la sesión de ‘noche’, función esta última que concluía de madrugada. Era frecuente salir a eso de la una de la mañana, con la espalda retorcida, pero feliz, tras varias horas de contemplación extasiada. Las mil historias que se podrían contar sobre los viejos cines de mi ciudad darían para escribir un libro entero. Mi amor por ese cine antiguo fue incondicional. Si algo de positivo ha tenido esta horrible pandemia es que he encontrado el tiempo para seguir disfrutando de películas antiguas, que alguna vez vi, en mi época de juventud, y que me acompañan desde entonces. Una de ellas ha sido Cinema Paradiso (1988). A medida que avanzaba la cinta, el alma se me atiborraba de viejos y queridos recuerdos de los que no quiero desprenderme.

Cinema Paradiso es un relato que cuenta las vicisitudes de una comunidad pueblerina en torno a un cine, el cual llevaba por nombre, precisamente, ‘Cinema Paradiso’. Es la historia de un pueblo pequeño, sin grandes eventos, y en el cual la gran sensación y el único divertimento del fin de semana es el cine. Es éste también un momento propicio para que la comunidad exprese, al calor de las películas, sus más recónditos sentimientos y motivaciones. Todo en medio de un espíritu muy festivo. Las escenas en el salón del cine son inmensamente divertidas e interesantes. Las películas las exhibe Alfredo, el viejo proyeccionista del Cinema Paradiso, quien, entre otros deberes, debe exhibirle, con antelación, las películas al cura del pueblo para someterlas a la censura religiosa correspondiente. Conforme al puritanismo de la iglesia de la época, las primeras escenas recortadas son aquellas relacionadas con la sexualidad. Los besos son borrados de todas las cintas, lo cual provoca siempre una reacción crítica y divertida de la audiencia.

El otro gran protagonista de la película es Salvador, cuyo apodo cariñoso es Totó. Totó desea aprender a manejar las máquinas de proyección de Alfredo, a quien admira, cosa que éste a veces se lo permite, hasta enseñarle el oficio completamente. Era natural que, entre ambos, comenzara a brotar una profunda amistad. Más tarde, un incendio en la cámara de proyecciones dejará ciego a Alfredo, por lo que Salvador tendrá que seguir haciéndose cargo de la proyección de las películas.

Así están las cosas hasta que, con el pasar de los años, sobreviene el amor en la vida de Salvador. La protagonista es Elena, la hija del banquero del pueblo. La distancia social entre ambos es demasiado grande, por lo que la familia de ella intenta impedir ese amor. El padre de Elena tiene otros proyectos para su hija, pero ella lucha por su amor y acude a ver a Salvador para fugarse con él, si fuese necesario. Acude al cine a buscarlo, pero allí se encuentra con Alfredo, el viejo filósofo de la película, quien piensa que esa relación sólo le traerá penas a Salvador, por lo que se dispone a abortarla.

Sólo nos detendremos en unos parlamentos que constituyen el eje central de la obra. Ante el dolor de Salvador, el viejo Alfredo le cuenta una historia con moraleja desconocida:

“--Una vez, un rey celebró una fiesta a la que fueron las princesas más bellas del reino. Entonces, un soldado que montaba guardia vio pasar a la hija del rey. Era la más bella de todas, y se enamoró de ella en seguida, pero ¿qué podía hacer un pobre soldado con la hija del rey? En fin, un día consiguió hablar con la princesa y le dijo que no podía vivir sin ella. A la princesa le impresionó tanto su sentimiento que dijo al soldado: ‘Si consigues esperar cien días y cien noches bajo mi balcón, al final seré tuya’. ¡Hay que ver! El soldado se fue de allí y la esperó, un día, dos, diez, veinte y cada noche ella lo observaba desde la ventana, ¡pero él no se movía! ¡Con lluvia, con viento, con nieve…! ¡Los pájaros le cagaban encima, las abejas se lo comían vivo! ¡Pero él no se movía! Después de noventa noches había adelgazado mucho y estaba muy pálido. Le resbalaban las lágrimas de los ojos y no podía contenerlas. Ya no le quedaban ni fuerzas para dormir. Mientras, la princesa seguía observándolo. Y al llegar la noche noventa y nueve el soldado se incorporó, tomó la silla y se fue”.

Nunca sabremos por qué, pero es una forma dramática de rogarle a Salvador que renuncie a ese amor que le quita el aliento. El viejo, le suplica que renuncie a ese recuerdo doloroso. Más adelante, en la película, cuando Salvador regresa del servicio militar, Alfredo le pregunta cómo sigue su vida, si ya olvidó a Elena, su gran amor. Este le responde, también tocado por el dolor, en los siguientes términos:

“--El comandante le dice al sargento: ‘¿recuerdas cuando allí había un molino de viento?’. ‘Sí, mi comandante, lo recuerdo’. ‘Ahora el molino ya no está, pero el viento sigue allí’.

Y tras una pausa, le pregunta a Alfredo:

¿Recuerdas la historia del soldado y la princesa? Ahora entiendo por qué el soldado se fue al final. Sí. Faltaba una noche para que la princesa fuera suya, pero ella no tenía por qué mantener su promesa. Eso hubiera sido terrible. Lo habría matado. Durante noventa y nueve noches mantuvo la ilusión de que ella lo esperaría”.

A lo que Alfredo le responde:

“--Haz como el soldado. Márchate, esta tierra está maldita. Mientras permaneces en ella te sientes en el centro del mundo. Te parece que nunca cambia nada. Luego te vas, un año, dos, y cuando vuelves todo ha cambiado. Se rompe el hilo. No encuentras a quien querías encontrar. Tus cosas ya no están. Debes irte por mucho tiempo, muchísimos años para encontrar, a tu vuelta, a tu gente. La tierra donde naciste. Pero ahora no es posible. Ahora tú estás más ciego que yo… La vida no es como la has visto en el cine. La vida es más difícil. Márchate. Regresa a Roma. Eres joven, el mundo es tuyo. Yo ya soy viejo. No quiero oírte hablar. Quiero oír hablar de ti”.

Todavía pasarán más cosas en la película. Salvador se convertirá en un gran empresario del cine y, tras su vuelta al pueblo, tendrá un reencuentro furtivo con Elena, su gran amor, el cual lamentablemente no prosperará. Ambos mayores, ella casada y con hijos, hacen imposible el regreso. Allí Elena, ante la dolorosa crítica que le hace Salvador por haber faltado a la cita convenida, le cuenta que está equivocado, que efectivamente acudió a la cita y le dejó recados con Alfredo. Entonces Salvador descubre que el pesimismo de Alfredo fue el culpable de la muerte de ese amor, pero con todo no se resigna a perder ese amor. Sin embargo, la vida debe seguir, cada uno por su lado. Sólo quedarán los bellos y tristes recuerdos.

Todavía verá el derrumbe del viejo edificio del cine antes de regresarse a Roma a proseguir con su vida. Allí descubrirá un regalo que le había guardado Alfredo, el último: un film con todos los besos de las mil películas censuradas por el cura del pueblo. Lo que queda, al final, más allá de la pena, es ese amor por el viejo cine, por la comunidad del pueblo, que Salvador volverá a ver en el funeral de Alfredo y que nos llenará de emoción una y otra vez, y por los antiguos amores que, con los años, se vuelven más íntimos e imborrables.


(110321)

RECAPITULACIONES - 1.-

Bueno, al cabo de cinco sesiones, es hora de detenernos un poquito para hacer algunas recapitulaciones y advertir qué nociones filosóficas se han puesto en juego en cada una de las películas que hemos comentado.

Comenzamos con The visitor (2008), en donde nos enfrentábamos directamente con un tema de máxima actualidad, y es el futuro de tantos inmigrantes que dejan sus tierras para buscarse la vida en otras latitudes lejanas y, a veces, inhóspitas. Aquí rescatamos el diálogo intercultural que acontece entre Walter y Tarek. Ese diálogo sólo es posible en un ámbito de encuentro intercultural, en donde ambos personajes experimentan una apertura comprometida hacia el otro. Ese encuentro es todo un acontecimiento, pues va a transformar la vida de ambos, lo cual aportará a la vida de Walter un sentido que hasta entonces no existía. Tras las despedidas, a Walter le queda la música y los bellos recuerdos de quienes fueron sus amigos. Ese acontecimiento le ayuda a conocerse a sí mismo, pues en ese encuentro se expresa una verdad, un ser. Por ello, decimos que hay belleza allí, a pesar de la tristeza que nos embarga al final de la película.

Luego dimos paso a la obra El Principito de Saint-Exupery. La verdad es que aquí nos hemos detenido más en la obra literaria de Antoine de Saint Exupery que en las diferentes versiones cinematográficas de ella. Esto, porque es en esta obra en donde se expresa el misterio profundo que existe en las experiencias de encuentro, que el zorro denomina con la palabra: domesticar. Domesticar, dice, es el proceso que lleva desde lejanía del otro ser a la intimidad personal, a la amistad, al amor. Esa experiencia es a lo que estamos apuntando en estas sesiones de filosofía. Es una experiencia que exige desinterés, disponibilidad, apertura, compromiso (sólo hay libertad allí donde hay compromiso), fidelidad, cualidades todas estas que cada vez encontramos menos en los tiempos actuales.

Luego pasamos a Adam, una película marroquí verdaderamente espectacular. Allí, una vez más nos encontramos con una experiencia de encuentro, muy parecida a la de Walter y Tarek, sólo que esta vez en un contexto distinto. Aquí vemos cómo Abla se abre a la presencia vulnerable de Samia. Hay una lucha interna en la mente de Abla, la cual llega a perder el sueño tratando de aclararse respecto de un deber ser, esto es, respecto de una ética que su conciencia le exige: recibir a Samia en su hogar. De hecho, todo lo que aquí expresamos tiene que ver esencialmente con la ética, esta rama de la filosofía que hoy en día resulta más necesaria que nunca y es precisamente desde la ética que hacemos toda esta propuesta del encuentro y éticamente necesaria apertura al otro, sobre todo al otro frágil y menesteroso. Tampoco Abla sabe que la presencia de Samia cambiará su vida para mejor, le volverá a dar sentido a un trabajo rutinario que, hasta el momento, solo estaba sostenido por la obligación de un deber maternal. Es también esta película una gran lección de humanidad en la acogida y protección de la persona desvalida, principio fundamental de la filosofía ética contemporánea.

Luego hablamos de El hombre elefante, una magnífica historia, basada en hechos reales. En las manos de su director, David Linch, esta historia adquiere por momentos niveles estremecedores de realismo, filosóficamente relevantes. Una vez más nos encontramos con esa famosa distinción entre el yo-ello (mirada objetivista) y el yo-tú (mirada personalizadora) de que nos hablaba el filósofo Martin Buber. Mientras los médicos del hospital sólo ven en John Merrick un caso científico (mirada analítica y cero empática), Frederick Treves ve en él a una persona, un ser humano reducido a la condición de objeto-espectáculo por una sociedad indolente y egoísta. Por lo mismo, asume la responsabilidad de hacerse cargo de él, brindándole un lugar habitable en el propio sanatorio. Y, bajo este clima tan protegido, comienza a surgir en Merrick una interioridad extraordinaria para este ser tan dañado por la vida. Esta expresión de humanidad de Merrick nos sorprende a todos y nos emociona. Toda una lección de humanidad que nos brinda Treves en el cuidado que le presta a John Merrick, un hombre de aspecto horrible, pero con un corazón de oro. La famosa frase de El Principito lo dice todo: “Solo con el corazón se ve, lo esencial es invisible para los ojos”.

Por último, vimos Cinema Paradiso, una obra celebrada mundialmente, por la profundidad de su contenido, aparte de que se trata de una obra universal. Fue difícil no recordar nuestro propio pasado, quienes pudimos asistir a la muerte del viejo cine de barrio en donde se fraguaron nuestras experiencias adolscentes más significativas. Esta fue una sorprendente historia de amor que involucraba al joven Salvador y a Elena, la hija del banquero del pueblo. Un amor imposible, que se volvió todavía más imposible, merced al viejo proyectista, Alfredo, quien, procurando evitar el daño a que Salvador pudiera exponerse, se dispone a frustrar ese proyecto amoroso ocultando los mensajes secretos que ella le envía a él. ¿Qué le queda a la filosofía de esta película? Bueno, en primer lugar, el tiempo que va desplazando al viejo cine por un concepto de progreso que, por momentos, nos obliga a pensar si todo progreso es bueno. La modernidad trae consigo nuevos inventos, pero algo de ese pasado (el sentido que brindaba la comunidad en el cine) es sacrificado en aras de ese progreso. De hecho, tanto su cine como el mío se transformaron en estacionamiento. Si bien alguna vez se pensó que todo progreso es positivo (de hecho, se llama positivismo a esa ideología que ve en el progreso la felicidad del hombre), hoy sabemos que el progreso para hacer felicidad debe ser un progreso humano, que brinde sentido y no se deshaga de él. Por otro lado, tenemos esa triste historia de amor que habla de finitud y trascendencia, en donde cada uno podrá sacar sus propias conclusiones.


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Una admirable película que, más allá de la crítica moralizante que se le pudiera hacer, nos presenta una experiencia de vida sin parangón. Druk (2020) me ha transportado por un instante al alegre pasado dionisíaco de mi juventud, del cual me siento hasta hoy profundamente agradecido. Imposible, también, no asociar esta experiencia con el famoso cuadro de Velásquez: “El triunfo de Baco” (1629). Como se lee en la Wikipedia: “En ella se representa a Baco como el dios que premia o regala a los hombres el vino que los libera temporalmente de sus problemas. En la literatura barroca, Baco era considerado una alegoría de la liberación del hombre frente a su esclavitud de la vida diaria”. Como sea, sin entrar en exageraciones, es cierto que el alcohol tiene ese potencial liberador del que todo el mundo puede dar testimonio. Tampoco nos vamos a olvidar del famoso “Banquete” de Platón, en el cual, Sócrates, de entre todos los comensales, es el único que logra salir victorioso tras una noche de juerga filosófica.

Contemos la trama brevemente. Cuatro profesores de secundaria deciden revitalizar sus vidas, ingiriendo alcohol. Se podría decir que se trata de esa crisis que nos viene cuando comenzamos a descubrir que nuestros sueños de adolescentes se fueron por el caño. La vida ha resultado, al final de cuentas, más aburrida y rutinaria de lo alguna vez soñamos. El ‘peso’ de la existencia, por decirlo así, quedó de manifiesto en todo su esplendor. Es entonces, cuando estos profesores deciden comenzar a beber, al principio en forma metódica (casi terapéutica, diría yo), pero luego, arrastrados por una curiosidad insaciable y por el deseo infinito de incrementar la dosis del placer, llevan la iniciativa hasta el final. Obviamente, esto hace que la vida familiar y laboral se vayan por la borda. De hecho, eso le ocurre a uno de nuestros amigos, alcohólico desesperado, quien termina arrojándose al mar (o es lo que suponemos, al menos). La alegría de las primeras copas se vuelve, con el tiempo, una tragedia que los envuelve a todos. Pero, a pesar de ello, la vitalidad que proyectaron sobre sus alumnos, en los ‘buenos tiempos’, revierte sobre ellos en el momento de la graduación, tomando cuerpo, en esa comunidad de alumnos y estudiantes, una alegría etílica extraordinaria e inclaudicable.

No deseo entrar en cifras ni estadísticas, pero lo cierto es que el mundo, así como lo hemos diseñado, dista mucho de ser un lugar habitable por las buenas. Dificultades de todo orden afectan nuestras relaciones en lo económico, en lo político y en lo social. Vivimos, como suele decirse, una época de crisis, todavía aumentada más por esta pandemia que no nos dejará tranquilos por un buen tiempo más. Pero también hay algo más. Aún sin estas crisis, nuestra sociedad es víctima de una crisis todavía más profunda. A la falta de horizontes y de expectativas habría que sumarle una falta de ‘magia’ para vivir la vida en plenitud. Todo gesto tiende a convertirse rápidamente en rito y, finalmente, en rutina. Escapar de la rutina supone sobreponerse a ese enquistamiento del ser para abrirse a lo mágico e inesperado. Es necesario vivir la vida con entusiasmo, con alegría y, sobre todo, con sentido. Creo que la crisis de los tiempos que corren es una crisis de sentido. Todo da más o menos lo mismo. Los relieves de la vida se difuminan mostrándonos un horizonte borroso y opaco. Quizás por ello, tengamos que buscar las fuerzas en la amistad (que cada día escasea más) y en el vino. El vino es un símbolo también. Desde los antiguos griegos, el dios del vino, Dionisos, hijo de Zeus, es quien afirma la vida, por sobre los imperativos de la razón y la moral (de cierta razón y de cierta moral). Friedrich Nietzsche nos emocionó a todos en nuestra juventud con su famosa distinción entre Apolo y Dionisos, entre la cordura y la locura, entre la razón y la espontaneidad (vida), entre la medida y el exceso. Siglos demasiado racionalistas tienden a sustraerles a la cultura su fuerza vital. Épocas dionisíacas, por el contrario, son épocas apasionadas, románticas, creativas. Comentaremos más adelante la película de Jean Rouch, Dionysos (1986), la cual también repara en la oposición, cada vez más agudizada, entre el entusiasmo y el aburrimiento: “Las mismas escuelas, los mismos hoteles. Los mismos menús en los mismos restaurantes. El resultado es el mismo: aburrimiento terrible. Recuerden a Baudelaire: ‘El aburrimiento, ya conoces a ese monstruo delicado, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano’. Lo que hemos intentado hacer es luchar con todas nuestras fuerzas contra el aburrimiento diario”. Volveremos sobre este tema más adelante. El tema es buscar la salida. Nuestros amigos se han inclinado por la bebida, recurso más incorporado a nuestra civilización. Jean Rouch, director y etnógrafo, quiere alcanzar el éxtasis recobrando los rituales de las culturas tribales africanas. Son dos opciones a considerar. Sin duda, hay otras. Es la tarea que le dejamos al lector.






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